UN HOMBRE QUIETO EN LA VENTANA

MARTES 25 SOLSTICIO DE VERANO
QUINTO DIA DE RUTINA, CON VENTANA Y HOMBRE Y COACH

Un hombre quieto junto a la ventana, mira hacía mi pero no me ve.
Estático y de pie hace más de dos horas que está ahí.
Al principio lo veía claramente, era de día.
Ahora anochece y solo sé, que está ahí, porque ha quedado fijo en mi retina.
Cuando se encienden las farolas de la calle dejo de verlo y comienza a borrarse su silueta en mi retina.
Se convierte en sombra de recuerdo y entonces comienzo a pensar en qué puede hacer una persona, dos horas o quizás más de pie delante de una ventana, mirando hacia la calle.
Hacia mi mesa. Yo he tomado tres cafés y me he fumado varios cigarros esperando que pase algo más, pero no se qué espero realmente.
Sin embargo no he podido moverme del sitio.
Como si descubrir al hombre quieto de la ventana hubiera sido algo mágico, o dramático o incomprensible.
Pero no ha sido nada de eso. Simplemente levanté la vista cuando acaba de sentarme y vi al hombre.
Y me pareció que miraba hacia mí, que no es seguro, esta a bastante distancia como para no detallar tanto, pero eso parecía.
Tenía las manos en los bolsillos.
Y eso, lo de las manos en los bolsillo tampoco tiene nada de dramático, pero, quieto y con las manos en los bolsillos es cuando menos interesante.
Esta tan quieto, y he sentido su mirada como una especie de curiosidad.
Algo así como lo que yo siento por él.
Pero que yo esté en un café sentada tomando café no debería producir curiosidad, pero un hombre tan quieto en la ventana sí.
Y como no creo en las casualidades, pienso que su mirada fue tan fuerte, tanto que me obligó a mirarlo.
Eso creo. Pero ahora con las farolas prendidas no lo veo.
Pero creo que lo siento.
Quizás sea alguien conocido. Alguien que me reconoció, pero me hubiera saludado, o llamado al móvil, o simplemente baja y se sienta a tomar algo conmigo, pero no, se queda estático mirando, dos horas, más de dos horas.
Comienzo a tener temblores en las manos de tanto café.
Y además ya tengo hambre. Pero aun creo que no debo levantarme, él podría prender la luz y automáticamente lo volvería a ver.
Pero la luz de en esa ventana está apagada.
Quizás ya ni esté.
Pero pienso que aún debería quedarme y esperar un rato más, total ya llevo aquí bastante tiempo.
Pido la carta y me decido por un bocadillo de atún con mayonesa y un vaso de leche, además de una ración de papas fritas.
Listo, espero mi comida, se van prendiendo otras ventanas y eso me imposibilita más el poder ver si sigue allí.
Pero, de pronto, me asalta la idea de que haya salido, haya bajado, y esté por aquí cerca, mirándome del otro lado de la acera. ¿Por qué lo haría? Que estupidez. ¿Quién hace semejante cosa?
Si fuera yo un agente secreto, un espía, o algo interesante, pero nada de eso.
Y además, no conozco a nadie que se dedique a esos asuntos de espiar o ser agente, ni siquiera de la policía.
Pero una no sabe.
Traen mi comida y la verdad es que la devoro.
Está pasable, mientras como se me olvida completamente el hombre quieto de la ventana.
Pero totalmente. Tanto que cuando me como la última papa frita me acuerdo de golpe y me atraganto, toso y casi me ahogo. Qué susto.
Levanto la vista. Nada. Todo apagado.
Ahora si estoy convencida de que ha bajado y hasta puede estar en el bar.
En todo este tiempo han entrado y salido un montón de gente.
Miro y detallo a todos. Ninguno tiene las manos en los bolsillos.
Claro, que estupidez otra vez, si viene a sentarse es difícil tener las manos en los bolsillos, pero aunque crea que es estúpido busco a alguien estático.
Pero no, todos se mueven normal.
Hay uno que me mira, pero creo que es porque parezco sospechosa.
O no, seguramente parezco estúpida, aquí sentada más de tres horas mirando una ventana y luego devoro la comida y encima me atraganto.
Habla con el camarero y están hablando de mí.
Obvio, soy sospechosa de parecer sospechosa.
Y claro nuevamente se me olvidó el hombre quieto de la ventana, pero no quiero volver a levantar la cabeza o pensarán que definitivamente soy una sospechosa que mira hacia la nada, porque la farola no deja que se vea nada hacia allá.
Mejor bajo la cabeza, pido la cuenta, la traen rápido, menos mal.
Pago, tomo mi chaqueta y el bolso y salgo justo a tiempo para tomar el autobús, que me devuelve a mi habitación.
A mi pequeño rincón en casa de la Señora Miriam, que nuevamente me dirá que no debo llegar tan tarde porque la molesto y que me limpie los zapatos antes de pisar la alfombra.
Algún día, me iré de esa pensión y tendré mi propio espacio con ventana como la del hombre quieto.

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Archivado bajo De una frase de Emilio Solé, Uncategorized

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