LAS CALLES QUE SE VAN Y NO VUELVEN

JUNIO 23 SOLSTICIO DE VERANO
TERCER DIA DE RUTINA, CON CALLES QUE SE VAN Y NO VUELVEN
Y COACH

Hay calles que se van y después no regresan. En serio.

Al menos a mi me pasa.
Recorro una calle buscando algo, una tienda, una casa, una dirección y luego un tiempo después cuando quiero regresar a esa calle, ya no está.
De hecho, creo que puedo regresar a mi casa, porque he recorrido tantas veces mi calle que no se puede ir así sin más.
O sea, creo que si en algún momento la calle, como las otras, pretendiera desaparecer, pues no podría, porque justo yo voy a pasar por ella.
La uso con frecuencia, así que no puede irse sin más. Quedaría una clara evidencia y eso debe pasar también con las calles de otras personas que obviamente no se van porque por ahí pasan una y otra vez.

Me explico.
A ver si puedo realmente ponerte en mi lugar.

Te lo pongo de la siguiente forma: tengo que llevar un documento a una Oficina Oficial, ponte tu, a la oficina de impuestos, esa calle en la que esta la oficina, no puede irse. No puedo por la sencilla razón de que por esa calle, pasan muchas veces las mismas personas. Se darían cuenta y sería un verdadero caos.
¿Entiendes?
Ahora vamos al pueblo de Fos, es un pueblo con varias calles, pasaba vacaciones allí, era famoso porque decían que allí habían vivido las guerreras amazonas.
Bueno, pues en Fos, descubrí lo de las calles. Que se van y no vuelven.

Íbamos todos los otoños, cuando solamente estaban los que allí vivían todo el año y nosotros.
Alquilábamos una casa enorme, era una especie de loft campesino, un gran establo convertido en casa de un solo gran ambiente.
Olía a eucaliptos con vaca.
Qumábamos ramas de eucaliptos para tratar de borrar los montones de años en los que el lugar había sido el establo de todas las vacas del pueblo.

Teníamos bicicletas y tablas de madera para rodar por las lomas suaves y aterciopeladas.
Pero a mi lo que me gustaba era montar en la bicicleta y lanzarme calle abajo, revolviendo las hojas, veloz y encantada, dejando que el viento me helara las orejas y me hiciera llorar.

Y oler el otoño intensamente. Una combinación de hojas con pan de costra dura y chocolate de canela con jabón de Marsella y ropa limpia con borregos y trigo.

Pues como te decía, allí en Fos, cuando se acababa el paseo en bicicleta y decidía regresar, no había calle.
No quedaba rastro de ella. Nada.
Las hojas que acababa de desordenar no estaban. Solamente había pasto, o bosque.
A veces hasta pequeñas líneas de riego con sembradíos.
Claro que mi papá me decía que era el despiste.
Que no te vayas lejos nena porque te vas a perder de verdad.
Que no papá, que las calles se van y no regresan.
Mi hermano me miraba y simplemente me miraba con los ojos torcidos y decía tu estás loca hermanita.

Entonces me volví “sistemática”
O sea inventé un sistema para comprobar que era cierto.
Compre varios metros de cinta amarilla de raso y la corté en pedazos que pudiera dejar aquí y allá. Tipo lo de las migas de Hansel y Gretel.
De hecho de ahí salió la idea. Nada original, pero podría resultar efectiva.
Puse mis cintas en la cesta de la bici, salí por la puerta y tomé el camino que llevaba directamente a la plaza del pueblo.
Haría lo que más me gustaba, sin pensar en lo que podría pasar, pero por el camino iba contando: tic tac tic tac uno, tic tac tic tac dos, tic tac tic tac tres, y cuando llegaba a veinticinco paraba la bici y buscaba un poste, un árbol una planta grande y amarraba bien fuerte un buen lazo amarillo y seguía lanzada y contando tics tacs veinticinco, cinta amarrada, tic tac lazo amarillo.
Llegué a la plaza, entré a la panadería, compré una palmera con un pedazo de chocolate, para reponer las fuerzas y pedirle al señor Domingo pan viejo para las palomas.
Listo, a merendar a media mañana.
No quedaba ningún lazo.
Pero no pensaría en la calle.
Ni en esa ni en ninguna. Quizás si pensaba no se iría y necesitaba que se fuera para comprobar que las calles se van y no vuelven.
Mediodía, hora de regresar a comer.
Tomo aire, en serio traté de tener la mente en blanco pero tenía miedo de que no pasara nada,
Pero pasó.
No había calle, ni lazos amarillos. Esta vez había un campo inmenso de trigo con amapolas.
Y un enorme caballo con un hombre llevándolo a través del campo.
Decidí meterme entre el trigo con todo y bici a riesgo de que me armara un lio por atravesar el campo.
Y llegué sin aliento.

…que haces niña loca, no debes atravesar así el trigo. No está bien. Que haces. Porque lo has hecho.

Aquí había una calle a las ocho.
Yo pasé y até lazos amarillos.
La calle ahora no está.
No, ahora está el campo, quizás hubo una calle, pero igual no debes atravesar el trigo.

Pero,¿ y la calle a dónde se fue?

Qué me dices, las calles no se van a ningún sitio, las mueven.
¿Quien las mueve?

Pero,¿ qué eres tú, eres tonta?

Las calles las hacemos la gente y si hace falta se cambian y se hacen otras.
No señor, no, que aquí había una calle a las ocho de la mañana, la llené de lazos amarillos.

El hombre me miró un par de veces y siguió su camino, volteó dos o tres veces más a mirarme y se alejó.
Busqué mis cintas, busqué el camino y tuve que encontrar otro que me llevó a la casa.
Pero no era el mismo.
Claro que allí era un pueblo y se podía poner lazos, pero es que en estos tiempos, me ha pasado lo mismo en un viaje a Brujas.
Es tan bonito Brujas. Hacía mucho frío y llovía, así que Brujas era casi completamente mío.
Sus caminos de agua y sus calles estrechas bonitas, las deliciosas ventanas.
Pedí una bicicleta en la posada y aprovechando la soledad y muchos metros de encaje que compré, decidí salir y llenar alguna calle de lazos amarillos, bueno no, de encajes, pero entiéndeme, como los lazos del sistema.

Y escogí la calle principal, la que acaba en la plaza, la que no tiene posibilidad de irse porque es “La Calle” asi, con comillas y mayúsculas.

Comencé a contar tic tac uno, tic tac dos, tic tac tres y ataba encajes aquí y allá.

En vez de panadería, café hermoso, pedí chocolate y waffle con fresas y crema.
Mi mente en mi boca, saboreando la delicia y pasando el frio y la humedad.
Tanto, que casi se me olvida que debía regresar y comprobar si la calle se había ido.
Y si, claro al salir y tomar hacía la calle, había una casa estrecha, de tres pisos con ventanitas adornadas con cortinas de encaje y lazos amarillos.

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Archivado bajo De una frase de Emilio Solé

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