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LA PESADILLA

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En realidad yo nunca había soñado, nada, absolutamente nada.

Cuando era pequeño inventaba pesadillas, sabía que era una buena forma de tener a mi papa corriendo a salvarme de los monstruos debajo de la cama o el hombre vestido de guerrero japonés dentro del armario o la aspiradora sangrienta que arrasaba con el gallinero dejando un reguero de plumas y sangre, y aquel terrible mango que en cuanto yo trataba de mordelo habría su enorme y dentada boca y me mordía toda la cara rápidamente..

Me las tenía que inventar y me daba mucha envidia que mi hermano mayor si las tuviera, las de él eran de verdad, el sudaba y le costaba horrores volverse a dormir temblaba y costaba mucho sacarlo del terror.

O al contrario, en los largos desayunos del domingo le relataba a mis papas sus sueños divertidos de vuelos, piscinas llenas de pastelitos que iba pescando con la boca, tocinillos de cielo, pequeñas bolitas de crema, trufas de chocolate y bolas de helado.

Y claro sus sueños creaban una avalancha de los sueños de mis papas, sueños menos divertidos, pero interesantes, encuentros con la abuelita Eulalia que siempre le sacaba los zapatos a mi papa y se pinchaba con las piedras o los discursos fantásticos de mi mama a la asamblea que aplaudía y la nombraba presidenta, la primera mujer presidenta y justo cuando iba a dar las gracias se daba cuenta de que no llevaba ropa interior.

En fin que entonces a mi me tocaba invariablemente inventar algún sueño que fuera al menos igual de entretenido que los de mis papas o si podía más divertido que los de mi hermano, aunque era difícil, él soñaba de verdad y tenía 8 años por fuerza sus sueños eran muy divertidos.

Así que ahí estaba yo inventando que entraba en el colegio y me recibían con una silla de honor por haber hecho la suma más larga del colegio o que el lápiz se convertía en una barra de caramelo y me lo comía y entonces no podía hacer el exámen y cuando trataba de explicarle a la maestra, a ella le daba risa porque la tiza era un pedazo de mazapán y los colores de los compañeros barras de caramelos de fresa y menta.

Y aquí estoy ahora escribiendo en mi diario que he tenido una pesadilla, realmente la tuve, ha sido algo impactante, mi esposa a mi lado se asustó cuando la desperté con mis gritos, yo estaba sudando, temblaba, mi respiración era rapidísima, había tenido una terrible pesadilla.

Y ahora horas después no he logrado recordarla.

 

 

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ENFOQUE

ENFOQUE

El centro.

Quizás la meta.

El punto focal.
El enfoque.
El agujero blanco.
El camino bien trazado y agendado, cada cuadrícula indicando el camino a la siguiente sin temor a la obsesión, ni a la crítica a la perfección.

Ni siquiera a la perfección misma, que es buena ella, es realmente buena, mira si no a una rosa, mira si no a una vaca, mira sino esos ojos.

Perfección.

La perfección durante el viaje.
Sin dudas.
La flecha directa al objetivo, sin distorsión.
Distraída la mente puede ir cuadrando el color allá donde lo quiera, lo requiera, lo necesite, lo desee.

Puedo sentarme en cualquier parte del camino, porque en cada cuadrícula se abre una luz de ventana a aquello que busco en ese exacto instante.

Y me permite distorsionar el pasado hasta dejarlo exactamente dónde va.

Y no hay futuro.  Es tan calma la idea.  Es todo hoy.  Es todo aquí o allá, porque una vez en el enfoque, simplemente es.  Eres.  Es tan deliciosa la idea.

Sentarme o recostarme en sus mullidos puntos, en el entramado que se ve recio y seguro, sutil y perfecto para los sueños, los arrullos, las ideas.

Los intercambios, las ausencias, la noche, el insomnio, la siesta, la lluvia, la luna gorda, la luna delgadísima.

Las nubes de borrego, de jirafa, de elefante.

Puedo descolgarme de cada punto y tejer éste con aquel y aquél  y con el otro y formar una hermosa cortina de cuentos para mis niños, los de siempre.

Los que vendrán.

Y hacer poesía.

Y cantar.

Y tanto más.

Es perfecta.
Es espectacular.
Es para pasarse el día mirándolo e imaginando finales:

Caídas al Finisterre monstruoso.
El cielo de mi padre, luminoso, con fados y tangos.

Y poesía, mucha poesía, en cada punto una buena frase.

Otoños y primaveras.

O el cielo de Mumba, el negrito africano que murió de sed, bañándose en un interminable mar de aguas y dulces de coco hechos por su madre, que lo acompaña en su cielo, donde a cada paso hay lo que ella quiere para su Mumba.

O el temeroso ruin que se ha llevado sueños de alguien, de algunos, por miedo, por ambición, por locura, allá al fondo sabe que le espera el calor de ¿el infierno?

O del “ya se acabó esto” y puedo dejar de ser ruin.  Y ser otra cosa.

Es el final.
Y vamos a tomarnos de las manos e intentemos correr por este pasillo de enfoques y vamos a reírnos del tiempo lineal y de la física cuántica.

Es tanto…

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LA NIÑA VERDE CON BOFETADA

Almira, empeñada como siempre en tener la razón, vistió a la niña con aquel horrendo vestido amarillo.
Le quedaba corto y se notaba que no era la talla correcta.
Y el color, ¡el color! El tío Marce lo llamada color hepático, y el abuelo rosado paella.
Así sería, para que dos hombres, más bien serios y poco detallistas, hubieran encontrado semejantes nombres a aquel amarillo deslucido.
Prudencia, que así se llama la niña, invento de la misma Almira, claro, decidió que era lo conveniente para la cita de la niña con su nueva escuela de señoritas.
Prudencia, escuchaba y callaba, siempre lo hacia. Era preferible eso que recibir las bofetadas histéricas de su madre.
Acepta y calla, se era el lema, claro que podía pasarse mil horas imaginando como asesinaría a su madre, o como su madre moría aplastada por una pared de la construcción de al lado. Y sonreía. Pasaría.
Totalmente convencida.
Pero hoy, un día más que importante, aun no había pasado. Y ella estaba a punto de llegar al nuevo colegio vestida como un espárrago seco.
Con todo aplastado y dos trenzas con lazos hechos, como no, con el bajo del vestido.

Sentada en el porche de la salida de la casa, se miraba en el espejo del paragüero.
No hay salida. Si de aquí allá no choca y se mata, o le da un ataque, o una araña venenosa entra en el auto y la pica dejándola quieta y dura,  si nada pasa, hoy será un día muy difícil.

Salió la madre, pletórica, le dijo:  Señorita vamos a inscribirla en la que será , su nueva vida. Vamos!

Y ahí estaba, rodeada de glamorosas o esmirriadas niñas, pero ningún espárrago como ella.

La directora pidió a la niña pasear por el inmenso jardín mientras se hacían los trámites de inscripción.
Prudencia, se sentó en una banca lejos de las demás.
Se sacó un lazo, deshizo una trenza.
Luego la otra.
Un zapato fuera. El otro.
Se sentía bien. Pero vendrían bofetadas.
De pronto recordó “las manchas imposibles”
Las de la tele.
La camisa blanca “perdida por las manchas de hierba”
Y pensó en las bofetadas.
Ya las tengo ganadas, no sé hacer trenzas.
Y entonces se sentó en la hierba, se arrastró un poquito, se volteó, miró su falda, decidió arrastrarse un poco mas, tipo tobogán.

Luego tipo cucaracha patas arriba, la croqueta, la empanizada.

Todas las revolcadas.
Unas treinta bofetadas.
¡Pero ella estaba ahora verde y risueña!

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UN HOMBRE QUIETO EN LA VENTANA

MARTES 25 SOLSTICIO DE VERANO
QUINTO DIA DE RUTINA, CON VENTANA Y HOMBRE Y COACH

Un hombre quieto junto a la ventana, mira hacía mi pero no me ve.
Estático y de pie hace más de dos horas que está ahí.
Al principio lo veía claramente, era de día.
Ahora anochece y solo sé, que está ahí, porque ha quedado fijo en mi retina.
Cuando se encienden las farolas de la calle dejo de verlo y comienza a borrarse su silueta en mi retina.
Se convierte en sombra de recuerdo y entonces comienzo a pensar en qué puede hacer una persona, dos horas o quizás más de pie delante de una ventana, mirando hacia la calle.
Hacia mi mesa. Yo he tomado tres cafés y me he fumado varios cigarros esperando que pase algo más, pero no se qué espero realmente.
Sin embargo no he podido moverme del sitio.
Como si descubrir al hombre quieto de la ventana hubiera sido algo mágico, o dramático o incomprensible.
Pero no ha sido nada de eso. Simplemente levanté la vista cuando acaba de sentarme y vi al hombre.
Y me pareció que miraba hacia mí, que no es seguro, esta a bastante distancia como para no detallar tanto, pero eso parecía.
Tenía las manos en los bolsillos.
Y eso, lo de las manos en los bolsillo tampoco tiene nada de dramático, pero, quieto y con las manos en los bolsillos es cuando menos interesante.
Esta tan quieto, y he sentido su mirada como una especie de curiosidad.
Algo así como lo que yo siento por él.
Pero que yo esté en un café sentada tomando café no debería producir curiosidad, pero un hombre tan quieto en la ventana sí.
Y como no creo en las casualidades, pienso que su mirada fue tan fuerte, tanto que me obligó a mirarlo.
Eso creo. Pero ahora con las farolas prendidas no lo veo.
Pero creo que lo siento.
Quizás sea alguien conocido. Alguien que me reconoció, pero me hubiera saludado, o llamado al móvil, o simplemente baja y se sienta a tomar algo conmigo, pero no, se queda estático mirando, dos horas, más de dos horas.
Comienzo a tener temblores en las manos de tanto café.
Y además ya tengo hambre. Pero aun creo que no debo levantarme, él podría prender la luz y automáticamente lo volvería a ver.
Pero la luz de en esa ventana está apagada.
Quizás ya ni esté.
Pero pienso que aún debería quedarme y esperar un rato más, total ya llevo aquí bastante tiempo.
Pido la carta y me decido por un bocadillo de atún con mayonesa y un vaso de leche, además de una ración de papas fritas.
Listo, espero mi comida, se van prendiendo otras ventanas y eso me imposibilita más el poder ver si sigue allí.
Pero, de pronto, me asalta la idea de que haya salido, haya bajado, y esté por aquí cerca, mirándome del otro lado de la acera. ¿Por qué lo haría? Que estupidez. ¿Quién hace semejante cosa?
Si fuera yo un agente secreto, un espía, o algo interesante, pero nada de eso.
Y además, no conozco a nadie que se dedique a esos asuntos de espiar o ser agente, ni siquiera de la policía.
Pero una no sabe.
Traen mi comida y la verdad es que la devoro.
Está pasable, mientras como se me olvida completamente el hombre quieto de la ventana.
Pero totalmente. Tanto que cuando me como la última papa frita me acuerdo de golpe y me atraganto, toso y casi me ahogo. Qué susto.
Levanto la vista. Nada. Todo apagado.
Ahora si estoy convencida de que ha bajado y hasta puede estar en el bar.
En todo este tiempo han entrado y salido un montón de gente.
Miro y detallo a todos. Ninguno tiene las manos en los bolsillos.
Claro, que estupidez otra vez, si viene a sentarse es difícil tener las manos en los bolsillos, pero aunque crea que es estúpido busco a alguien estático.
Pero no, todos se mueven normal.
Hay uno que me mira, pero creo que es porque parezco sospechosa.
O no, seguramente parezco estúpida, aquí sentada más de tres horas mirando una ventana y luego devoro la comida y encima me atraganto.
Habla con el camarero y están hablando de mí.
Obvio, soy sospechosa de parecer sospechosa.
Y claro nuevamente se me olvidó el hombre quieto de la ventana, pero no quiero volver a levantar la cabeza o pensarán que definitivamente soy una sospechosa que mira hacia la nada, porque la farola no deja que se vea nada hacia allá.
Mejor bajo la cabeza, pido la cuenta, la traen rápido, menos mal.
Pago, tomo mi chaqueta y el bolso y salgo justo a tiempo para tomar el autobús, que me devuelve a mi habitación.
A mi pequeño rincón en casa de la Señora Miriam, que nuevamente me dirá que no debo llegar tan tarde porque la molesto y que me limpie los zapatos antes de pisar la alfombra.
Algún día, me iré de esa pensión y tendré mi propio espacio con ventana como la del hombre quieto.

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Estado de Coma

Al fin después de un largo coma abro los ojos y descubro mentiras, la mayoría me las he dicho a mí misma, me las he creído y luego las he repetido a los demás.
Un largo, larguísimo río de mentiras y acciones hipócritas que se fueron sumando a otras sinceras y honestas acciones y frases.
Una mezcla extraña de ambos extremos.
¿No es así la vida de todos?
¿No es así tu vida también?
No puedo dejar de levantar la mano, culpable, pecadora, deleznable. Pero estaba en esta especie de coma al que no sé cómo llegué.
Claro que sí sé que no fue accidente ni trauma.
Tampoco fue alguien que me empujó a este estado, no, ni siquiera la vida.
Porque cuando reviso y rebobino, veo clarísimo que en realidad había que sobrevivir y parece que única forma que encontré fue vivir en ese estado.
Y desde ese punto de vista puedo ser declarada inocente.
Todo empieza cuando uno es tan pequeño, tanto, que es impensable que alguien nos cargue de tal manera el alma que terminemos por tratar de salir del ahogo y la confusión a través de una trama intrincada y delicada de falsedades y certezas.
Y vas creciendo físicamente, pero internamente no creces, para nada, te quedas atascado en esa maraña que has creado, que te impide ver tan siquiera la luz del sol cuando estás en la playa, o la frescura del rio cuando te llevan de paseo.
Pasas de un pensamiento a otro, saltas de una idea a otra pero siempre tienen que ver con escapar y salir indemne.
¿Escapar? ¿de qué?
Ni siquiera sabes.
Solo vas viendo a esos pensamientos que te llevan a brazos amorosos de príncipes rubios y fuertes, altos y románticos. Príncipes en motos rápidas que apenas te vean, flaca, cané y descangallada, igual se enamoren de ti y de un solo vistazo, sin ninguna duda te rescaten.
¿Rescate?
No, solo que te lleven, que me lleven y hagan de mi vida una cosa real y luminosa, hagan algo bueno con ella. Bueno, o perfecto, o como en las películas.
En realidad ¿qué se yo de una buena vida?
No hay referencia. Hay revistas, libros de amores difíciles o fáciles, pero no explican bien lo de vivir una vida buena.
Hasta quizás, pensaba yo, la vida confundida y enmarañada, es la vida buena.
Si a ver vamos, los pobres niños de Zambia o de Los Andes sí que lo tienen difícil.
Yo solamente tengo marañas, pero como y duermo caliente y tengo familia y estudio, o al menos tengo libros y clases. Aunque soy allí tan extraña como en mi casa.
Pero eso, es otra historia.
Y ahora, cuando despierto o salgo de ese estado, no hay lucidez, no aún, pero se que la va ha haber. Es imposible que sea de otra forma.
Tanta confusión, tanto creer en mis propias historias y las de los demás, ha dejado secuelas, un profundo cansancio y también desconfianza.
No confío en mi, tampoco en nadie.
Solo en mi príncipe, sin moto, pero rubio y severo, amoroso y honrado.
Que el corte, deshaga y ordene esta vida mía.

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