LA TAZA DE LOS IMPOSIBLES

En realidad aún no sé por qué entré a aquella exhibición de escultura.
Pasé por delante de una calle estrecha, era mediodía, había unas mesitas en un lado, olía bien, así que entré por el olor a comida casera y la atractiva posibilidad de comer en un lugar sombreado y silencioso.
Y así fue, tal cual.

Las sillas de mimbre viejo, suaves y gastadas, limpias, muy limpias; manteles impecables, blancos y servilletas de tela.
Flores naturales, pequeñas violetas, en pequeños maceteros, ceniceros de porcelana con el nombre del local, y una camarera de largo delantal, sonriente, que cuando se paró al frente de la mesa me saludó de tal forma, que le tuve que preguntar si me conocía.

No me acuerdo de que forma o cómo lo dijo, solamente me quedó la sensación de ser una clienta de siempre.
Todo esto me gustó. Mucho.

La carta era más bien corta, pero no era temporada, así que pedí los ñoquis con mantequilla y sin queso.

Estaba aún en la etapa de considerar lácteos los quesos y la leche pero no el yogurt o la mantequilla, es como cuando un pintor anda en su época verde o realista.

Bien, pues la amable camarera me atendió divinamente hasta el café.
Justo hasta ese momento había sido perfecta. Casi de manual.
Pero junto con el café, la pequeña pastita y el terrón de azúcar envuelto en papelitos verdes, trajo un pequeño volante, y me dijo: disculpe que me atreva a invitarla a esta presentación escultórica, estamos apoyando a la galería de al lado y quizás le interese conocerla y ver la nueva exposición de dos escultoras…

No escuché más.
No solamente tenía problemas con los lácteos, eso era la punta del iceberg.
No saber bien qué venía o no de la vaca, solo formaba parte de un inmenso todo que aún no tenía forma.

Haber llegado a aquel confortable restaurante había sido encontrar una isla en ese mundo, una isla perfecta, hasta la escultura.
Hubiera podido comer, tomar café y hasta fumar virtualmente, hasta un brandy y un puro hubieran encajado perfectamente. Pero un volante de una galería y una camarera hablando de esculturas, no.

*******
Galería llamaba mi tía a su balcón trasero, al lado de la cocina, donde tenía la basura y el canario. Donde daban el resto de galerías del resto de sus vecinos, no tenían privacidad, ni la querían. ¿Para qué? Lo sabían todo de todos. Y lo que no se sabía se inventaba y normalmente, esa versión era la que se sostenía sin variaciones.

Si llegaba a variar, se le buscaba la vuelta al invento, pero jamás, jamas, se torcía la versión.

********

Y allí estaba la camarera ofreciéndome una galería.
Pero ella entró en mi mundo desenfocado y difuso, porque yo le di permiso, así que tomé el papel y sonreí. Ya sabía que ahora entraría en la galería y si lograba no perderme, esperaba al menos saber regresar al punto de partida, que en este momento, tampoco tenía muy claro.

Esa intromisión, tan simple, tan delgada como el papel y tan vacía como las palabras que ya se habían ido lejos, a mí, me habían desbarajustado el mapa. El GPS que intentaba mantenerse “en forma” a pesar de mis descalabros y pérdidas de nociones de espacio y definiciones.

Y de malditos vacíos.
Quiero aclarar que no estaba loca. No. Es solamente un momento. Una época, aunque época, puede sonar  grande, esto era más sencillo, más doméstico, era más del tipo de: “algo que empieza en mí y termina en yo, y que no logro definir”
Depresión, miedos, bloqueos, frustración,… algo de todo esto, o nada de esto…

Pero déjenme regresar al restaurante, la cuenta y el volante publicitario de las esculturas.
Decía que Elizabeth y Elizabeth, se presentaban en primicia mundial, con 25 maquetas de expresión profundamente personal, una, contestataria, que reflejaba en las obras su dolor por la crisis y la otra, en una introspección profunda de la visualización de la pena que veía a su alrededor.
Puro veneno concentrado pensé, y lo dije en voz alta.

No, como dice eso, no, esa es su manera de exponerse, la de ellas, pero una vez ve y toca la obra usted seguro le dará otro tono, ¿me explico?

Dios, cielos, joder, esta mujer entra en mi cabeza y con tanto vacío como hay se aprovecha (inocentemente) y lo está llenando de tonos y toques.
Es escultura, es música, no me importa. Para que se calle, pongo un billete en la mesa, tomo el volante y me voy directo hacía la galería.
Logro conectar mi GPS y ruego porque esté cerrada, es mediodía, la gente debe comer. No estará abierto. Pero no es mediodía, porque yo haya comido, no significa que sea mediodía. Es la hora que es, la que sea y está abierta. La galería de arte está abierta, afuera estaba el afiche promocionando la exposición.
Y creo que por lo que vi en el afiche, pude permitir que dejara de importunarme el temor a que aquella novedad, llenara alguno de mis vacíos y después doliera o quedara enganchado en forma de obsesiva imagen repetitiva.
Abrí las puertas, de madera y cristales de colores, el suelo antiguo y desgastado, todos los detalles entraban en mi ocupando espacios.

Me iba a quedar atascada en aquel pasillo, estaba forrado hasta la mitad por cerámicas de volutas y círculos verdes y morados, dorados y azules, combinando perfectamente con el suelo brillante por la cera y el pulido, antiguo y desgastado por los pasos.

¡Dios, había tanto para ver y llenar vacíos!

¿Cómo sigo adelante?
Menos mal, se abren las puertas y dos chicos jóvenes, entran y su sola presencia me empuja hacia adentro, me sacan de la parálisis y ahí estoy.

Luces bonitas, una iluminación íntima pero no mucho, pedestales a alturas cómodas, se puede caminar sin tropiezos, y voy sintiendo una sensación de confort, como de sábanas limpias, nada que temer.
Hay piezas que se complementan, como toboganes y escondites para pequeños enanos.
Una cueva con ondas y surcos, que se me antoja un escondite para pensar.
Piezas encerradas en sí mismas mostrando turquesas que recuerdan al mar.
Un huevo morado, el huevo que está en el afiche y el volante, con una enorme A.
La rodeo y dice: inocencia

INOCENCIA

 

Y voy sintiendo que estar ahí, a pesar de que no quería, estaba bien.
Mi GPS interno me decía que todo estaba bien, que podía ver aquello sin temor.
Eran imágenes imaginadas y hechas realidad y en eso solamente había horas, manos, luz, colores, mente, corazón, nada perturbador.

Claro que solamente tendría que estar segura de que mis vacíos – malditos y dolorosos vacíos – no se cargaran con alguna de aquellas imágenes imaginadas y se volvieran obsesivas.
Pero ya estaba encantada con las piezas que se  reconcentraban en ellas, piezas en las que aquellas dos Elizabeth se habían enrollado el alma y luego parecía que habían querido desenrollarlas y aquel era el resultado.

Una pieza de extraña forma, tuvo que declararme su título para saber que era una tortuga, una caparazón viva y llena de vida que había perdido su carne. Una verdadera burla a los comedores de exquisiteces. Allí estaba ella, toda caparazón y cara, toda ella mirando al sol, retadora y valiente.

Y cuando empezaba a decidir que había cumplido con la camarera y había pasado la prueba de entrar vacía y apenas llevarme en mis recuerdos el huevo de la Inocencia, justo en ese momento, un pedestal, un asa.

Digamos que lo primero que vi fue un asa, pero estaba mal puesta.
El asa estaba en una posición que no la hacía útil. Pero era un asa.
El asa de una taza. Y la taza.
El asa sirve para tomar, asir, agarrar, la taza que tiene adentro el contenido tan delicioso o mortal, tan caliente o tan frio, chocolate, manzanilla, tilo, café, licor escondido en el café, caldo regenerador. Un asa. Una taza.

TAZA DE OS IMPOSIBLES 1

No recuerdo como se llamaba la pieza. O no quise saberlo.

Estaba en un pedestal.
Puesta como si representara otra cosa, la que sea que cualquiera de las Elizabeth hubiera decidido.
Así como la ven en la imagen, así la vi, desde arriba, enredada sobre si misma, ya las otras piezas me habían hablado de lo mismo, en revueltas y laberintos anímicos.
Pero esta pieza, se unía transparente, abierta en sus enredos, sin posibilidad de trampas, con entrada y salida franca, casi incolora, podría llegar a amalgamarse en unas manos morenas y desaparecer.
Pero para que eso se cumpliera, necesitaba que la pieza estuviera bien puesta, bien colocada,

.
Y ahí estaba la obsesión del maldito vacío tratando de colarse en mi GPS, debía poder poner la pieza como realmente necesitaba yo que estuviera, para contener en ella lo que se me desbordaba a mí.
*******

Desbordar es una palabra a la que nunca le di importancia hasta que aparecieron los malditos vacíos, sonaba a que había mucha gente en la calle, a catástrofe de aguas entrando y saliendo, sin orden ni concierto, haciendo daño, haciéndose noticia.
Pero ahora “desbordar” era siniestra. Justo cuando lograba enhebrar la aguja y bordar a duras penas algunas memorias y anhelos junto con risas y alegrías, tratando de llenar los vacíos de la casi locura de meses antes, algo venía fortuito y violento y deshacía el bordado, lo “desbordaba” Todo quedaba en blanco, o en azul o en el color que quieran, todo quedaba en nada.

*******
Y entonces apareció una Elizabeth, pelo rojo y enormes ojos de binoculares y escrutadores. Movió las manos y algo me dijo, pero con las manos hizo más que con la boca y entendí que podía tomar la pieza.
Quizás ella decía tocar y sus manos decían mover, como mariposas, su boca decía palpar y sentir, sus manos recorrer y reordenar.
Sus manos al fin se recogieron y esperó.
No quedó más remedio que tomar la pieza y ponerla como iba, como va.
Como un acto sagrado para mí.
La pieza se hizo taza y el asa tuvo razones.

TAZA DE LOS IMPOSIBLES 2

 

Y en ella cupo cada maldito vacío, y separándose en cada rincón de la pieza, cada maldición se fue separando de cada vacío y se fue llenando de posibles razones, de pocas importancias, de muchísimo espacio, de voces, de notas emotivas y pianos apasionados.
Ningún encanto, ningún desencanto, todas las realidades de cada nada estaban ahí, y aquella bendita pieza se agrandó mil veces, envolvió las brumas, las sopló, envolvió cada estúpida razón oscura, y las escondió ahí adentro, quién sabe dónde las contuvo o las desarmó, o las desbordó convirtiéndolas en hilos de colores capaces de bordarse nuevamente.
Nunca sabré como dar las gracias, porque darlas circunscribe tanta emoción a un espacio de tan pocas letras.

Gracias.

Aquella Elizabeth, la que fuera, la de las manos de mariposa, la roja o la otra, la de las turquesas, cualquiera de las dos, desde adentro deshizo entuertos dolorosos y malditos, acomodó vacíos para que ahora quepan estrellas de esperanza y de futuros más inciertos y por tanto, más perfectos.

Un asa en su taza. O una curva en su pieza. Lo que ella quiera.

Yo, egoísta, en esta nueva vida llena de magnifica incertidumbre, me agarro, me engancho sin temor en mi taza de los imposibles, sabiendo que puede contener, de contenido.
Puede transformarse y desbordarse.
Una pócima de barro. Unas manos meticulosas y rebeldes buscaban allá adentro quién sabe qué, y acá afuera, sanaron, tocaron, sonaron y desbordaron.

Maria Dolores Solé

1° de Junio del 2014

Leyenda del Afiche de la presentación de las obras:

Elizabeth & Elizabeth
Introspecciones Fusiones Miradas
Un viaje entre el interior de la fuerza de la rebeldía y el interior profundo de un alma en contemplación

 

 

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