LA TAZA DE LOS IMPOSIBLES

En realidad aún no sé por qué entré a aquella exhibición de escultura.
Pasé por delante de una calle estrecha, era mediodía, había unas mesitas en un lado, olía bien, así que entré por el olor a comida casera y la atractiva posibilidad de comer en un lugar sombreado y silencioso.
Y así fue, tal cual.

Las sillas de mimbre viejo, suaves y gastadas, limpias, muy limpias; manteles impecables, blancos y servilletas de tela.
Flores naturales, pequeñas violetas, en pequeños maceteros, ceniceros de porcelana con el nombre del local, y una camarera de largo delantal, sonriente, que cuando se paró al frente de la mesa me saludó de tal forma, que le tuve que preguntar si me conocía.

No me acuerdo de que forma o cómo lo dijo, solamente me quedó la sensación de ser una clienta de siempre.
Todo esto me gustó. Mucho.

La carta era más bien corta, pero no era temporada, así que pedí los ñoquis con mantequilla y sin queso.

Estaba aún en la etapa de considerar lácteos los quesos y la leche pero no el yogurt o la mantequilla, es como cuando un pintor anda en su época verde o realista.

Bien, pues la amable camarera me atendió divinamente hasta el café.
Justo hasta ese momento había sido perfecta. Casi de manual.
Pero junto con el café, la pequeña pastita y el terrón de azúcar envuelto en papelitos verdes, trajo un pequeño volante, y me dijo: disculpe que me atreva a invitarla a esta presentación escultórica, estamos apoyando a la galería de al lado y quizás le interese conocerla y ver la nueva exposición de dos escultoras…

No escuché más.
No solamente tenía problemas con los lácteos, eso era la punta del iceberg.
No saber bien qué venía o no de la vaca, solo formaba parte de un inmenso todo que aún no tenía forma.

Haber llegado a aquel confortable restaurante había sido encontrar una isla en ese mundo, una isla perfecta, hasta la escultura.
Hubiera podido comer, tomar café y hasta fumar virtualmente, hasta un brandy y un puro hubieran encajado perfectamente. Pero un volante de una galería y una camarera hablando de esculturas, no.

*******
Galería llamaba mi tía a su balcón trasero, al lado de la cocina, donde tenía la basura y el canario. Donde daban el resto de galerías del resto de sus vecinos, no tenían privacidad, ni la querían. ¿Para qué? Lo sabían todo de todos. Y lo que no se sabía se inventaba y normalmente, esa versión era la que se sostenía sin variaciones.

Si llegaba a variar, se le buscaba la vuelta al invento, pero jamás, jamas, se torcía la versión.

********

Y allí estaba la camarera ofreciéndome una galería.
Pero ella entró en mi mundo desenfocado y difuso, porque yo le di permiso, así que tomé el papel y sonreí. Ya sabía que ahora entraría en la galería y si lograba no perderme, esperaba al menos saber regresar al punto de partida, que en este momento, tampoco tenía muy claro.

Esa intromisión, tan simple, tan delgada como el papel y tan vacía como las palabras que ya se habían ido lejos, a mí, me habían desbarajustado el mapa. El GPS que intentaba mantenerse “en forma” a pesar de mis descalabros y pérdidas de nociones de espacio y definiciones.

Y de malditos vacíos.
Quiero aclarar que no estaba loca. No. Es solamente un momento. Una época, aunque época, puede sonar  grande, esto era más sencillo, más doméstico, era más del tipo de: “algo que empieza en mí y termina en yo, y que no logro definir”
Depresión, miedos, bloqueos, frustración,… algo de todo esto, o nada de esto…

Pero déjenme regresar al restaurante, la cuenta y el volante publicitario de las esculturas.
Decía que Elizabeth y Elizabeth, se presentaban en primicia mundial, con 25 maquetas de expresión profundamente personal, una, contestataria, que reflejaba en las obras su dolor por la crisis y la otra, en una introspección profunda de la visualización de la pena que veía a su alrededor.
Puro veneno concentrado pensé, y lo dije en voz alta.

No, como dice eso, no, esa es su manera de exponerse, la de ellas, pero una vez ve y toca la obra usted seguro le dará otro tono, ¿me explico?

Dios, cielos, joder, esta mujer entra en mi cabeza y con tanto vacío como hay se aprovecha (inocentemente) y lo está llenando de tonos y toques.
Es escultura, es música, no me importa. Para que se calle, pongo un billete en la mesa, tomo el volante y me voy directo hacía la galería.
Logro conectar mi GPS y ruego porque esté cerrada, es mediodía, la gente debe comer. No estará abierto. Pero no es mediodía, porque yo haya comido, no significa que sea mediodía. Es la hora que es, la que sea y está abierta. La galería de arte está abierta, afuera estaba el afiche promocionando la exposición.
Y creo que por lo que vi en el afiche, pude permitir que dejara de importunarme el temor a que aquella novedad, llenara alguno de mis vacíos y después doliera o quedara enganchado en forma de obsesiva imagen repetitiva.
Abrí las puertas, de madera y cristales de colores, el suelo antiguo y desgastado, todos los detalles entraban en mi ocupando espacios.

Me iba a quedar atascada en aquel pasillo, estaba forrado hasta la mitad por cerámicas de volutas y círculos verdes y morados, dorados y azules, combinando perfectamente con el suelo brillante por la cera y el pulido, antiguo y desgastado por los pasos.

¡Dios, había tanto para ver y llenar vacíos!

¿Cómo sigo adelante?
Menos mal, se abren las puertas y dos chicos jóvenes, entran y su sola presencia me empuja hacia adentro, me sacan de la parálisis y ahí estoy.

Luces bonitas, una iluminación íntima pero no mucho, pedestales a alturas cómodas, se puede caminar sin tropiezos, y voy sintiendo una sensación de confort, como de sábanas limpias, nada que temer.
Hay piezas que se complementan, como toboganes y escondites para pequeños enanos.
Una cueva con ondas y surcos, que se me antoja un escondite para pensar.
Piezas encerradas en sí mismas mostrando turquesas que recuerdan al mar.
Un huevo morado, el huevo que está en el afiche y el volante, con una enorme A.
La rodeo y dice: inocencia

INOCENCIA

 

Y voy sintiendo que estar ahí, a pesar de que no quería, estaba bien.
Mi GPS interno me decía que todo estaba bien, que podía ver aquello sin temor.
Eran imágenes imaginadas y hechas realidad y en eso solamente había horas, manos, luz, colores, mente, corazón, nada perturbador.

Claro que solamente tendría que estar segura de que mis vacíos – malditos y dolorosos vacíos – no se cargaran con alguna de aquellas imágenes imaginadas y se volvieran obsesivas.
Pero ya estaba encantada con las piezas que se  reconcentraban en ellas, piezas en las que aquellas dos Elizabeth se habían enrollado el alma y luego parecía que habían querido desenrollarlas y aquel era el resultado.

Una pieza de extraña forma, tuvo que declararme su título para saber que era una tortuga, una caparazón viva y llena de vida que había perdido su carne. Una verdadera burla a los comedores de exquisiteces. Allí estaba ella, toda caparazón y cara, toda ella mirando al sol, retadora y valiente.

Y cuando empezaba a decidir que había cumplido con la camarera y había pasado la prueba de entrar vacía y apenas llevarme en mis recuerdos el huevo de la Inocencia, justo en ese momento, un pedestal, un asa.

Digamos que lo primero que vi fue un asa, pero estaba mal puesta.
El asa estaba en una posición que no la hacía útil. Pero era un asa.
El asa de una taza. Y la taza.
El asa sirve para tomar, asir, agarrar, la taza que tiene adentro el contenido tan delicioso o mortal, tan caliente o tan frio, chocolate, manzanilla, tilo, café, licor escondido en el café, caldo regenerador. Un asa. Una taza.

TAZA DE OS IMPOSIBLES 1

No recuerdo como se llamaba la pieza. O no quise saberlo.

Estaba en un pedestal.
Puesta como si representara otra cosa, la que sea que cualquiera de las Elizabeth hubiera decidido.
Así como la ven en la imagen, así la vi, desde arriba, enredada sobre si misma, ya las otras piezas me habían hablado de lo mismo, en revueltas y laberintos anímicos.
Pero esta pieza, se unía transparente, abierta en sus enredos, sin posibilidad de trampas, con entrada y salida franca, casi incolora, podría llegar a amalgamarse en unas manos morenas y desaparecer.
Pero para que eso se cumpliera, necesitaba que la pieza estuviera bien puesta, bien colocada,

.
Y ahí estaba la obsesión del maldito vacío tratando de colarse en mi GPS, debía poder poner la pieza como realmente necesitaba yo que estuviera, para contener en ella lo que se me desbordaba a mí.
*******

Desbordar es una palabra a la que nunca le di importancia hasta que aparecieron los malditos vacíos, sonaba a que había mucha gente en la calle, a catástrofe de aguas entrando y saliendo, sin orden ni concierto, haciendo daño, haciéndose noticia.
Pero ahora “desbordar” era siniestra. Justo cuando lograba enhebrar la aguja y bordar a duras penas algunas memorias y anhelos junto con risas y alegrías, tratando de llenar los vacíos de la casi locura de meses antes, algo venía fortuito y violento y deshacía el bordado, lo “desbordaba” Todo quedaba en blanco, o en azul o en el color que quieran, todo quedaba en nada.

*******
Y entonces apareció una Elizabeth, pelo rojo y enormes ojos de binoculares y escrutadores. Movió las manos y algo me dijo, pero con las manos hizo más que con la boca y entendí que podía tomar la pieza.
Quizás ella decía tocar y sus manos decían mover, como mariposas, su boca decía palpar y sentir, sus manos recorrer y reordenar.
Sus manos al fin se recogieron y esperó.
No quedó más remedio que tomar la pieza y ponerla como iba, como va.
Como un acto sagrado para mí.
La pieza se hizo taza y el asa tuvo razones.

TAZA DE LOS IMPOSIBLES 2

 

Y en ella cupo cada maldito vacío, y separándose en cada rincón de la pieza, cada maldición se fue separando de cada vacío y se fue llenando de posibles razones, de pocas importancias, de muchísimo espacio, de voces, de notas emotivas y pianos apasionados.
Ningún encanto, ningún desencanto, todas las realidades de cada nada estaban ahí, y aquella bendita pieza se agrandó mil veces, envolvió las brumas, las sopló, envolvió cada estúpida razón oscura, y las escondió ahí adentro, quién sabe dónde las contuvo o las desarmó, o las desbordó convirtiéndolas en hilos de colores capaces de bordarse nuevamente.
Nunca sabré como dar las gracias, porque darlas circunscribe tanta emoción a un espacio de tan pocas letras.

Gracias.

Aquella Elizabeth, la que fuera, la de las manos de mariposa, la roja o la otra, la de las turquesas, cualquiera de las dos, desde adentro deshizo entuertos dolorosos y malditos, acomodó vacíos para que ahora quepan estrellas de esperanza y de futuros más inciertos y por tanto, más perfectos.

Un asa en su taza. O una curva en su pieza. Lo que ella quiera.

Yo, egoísta, en esta nueva vida llena de magnifica incertidumbre, me agarro, me engancho sin temor en mi taza de los imposibles, sabiendo que puede contener, de contenido.
Puede transformarse y desbordarse.
Una pócima de barro. Unas manos meticulosas y rebeldes buscaban allá adentro quién sabe qué, y acá afuera, sanaron, tocaron, sonaron y desbordaron.

Maria Dolores Solé

1° de Junio del 2014

Leyenda del Afiche de la presentación de las obras:

Elizabeth & Elizabeth
Introspecciones Fusiones Miradas
Un viaje entre el interior de la fuerza de la rebeldía y el interior profundo de un alma en contemplación

 

 

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LA NIÑA VERDE CON BOFETADA

Almira, empeñada como siempre en tener la razón, vistió a la niña con aquel horrendo vestido amarillo.
Le quedaba corto y se notaba que no era la talla correcta.
Y el color, ¡el color! El tío Marce lo llamada color hepático, y el abuelo rosado paella.
Así sería, para que dos hombres, más bien serios y poco detallistas, hubieran encontrado semejantes nombres a aquel amarillo deslucido.
Prudencia, que así se llama la niña, invento de la misma Almira, claro, decidió que era lo conveniente para la cita de la niña con su nueva escuela de señoritas.
Prudencia, escuchaba y callaba, siempre lo hacia. Era preferible eso que recibir las bofetadas histéricas de su madre.
Acepta y calla, se era el lema, claro que podía pasarse mil horas imaginando como asesinaría a su madre, o como su madre moría aplastada por una pared de la construcción de al lado. Y sonreía. Pasaría.
Totalmente convencida.
Pero hoy, un día más que importante, aun no había pasado. Y ella estaba a punto de llegar al nuevo colegio vestida como un espárrago seco.
Con todo aplastado y dos trenzas con lazos hechos, como no, con el bajo del vestido.

Sentada en el porche de la salida de la casa, se miraba en el espejo del paragüero.
No hay salida. Si de aquí allá no choca y se mata, o le da un ataque, o una araña venenosa entra en el auto y la pica dejándola quieta y dura,  si nada pasa, hoy será un día muy difícil.

Salió la madre, pletórica, le dijo:  Señorita vamos a inscribirla en la que será , su nueva vida. Vamos!

Y ahí estaba, rodeada de glamorosas o esmirriadas niñas, pero ningún espárrago como ella.

La directora pidió a la niña pasear por el inmenso jardín mientras se hacían los trámites de inscripción.
Prudencia, se sentó en una banca lejos de las demás.
Se sacó un lazo, deshizo una trenza.
Luego la otra.
Un zapato fuera. El otro.
Se sentía bien. Pero vendrían bofetadas.
De pronto recordó “las manchas imposibles”
Las de la tele.
La camisa blanca “perdida por las manchas de hierba”
Y pensó en las bofetadas.
Ya las tengo ganadas, no sé hacer trenzas.
Y entonces se sentó en la hierba, se arrastró un poquito, se volteó, miró su falda, decidió arrastrarse un poco mas, tipo tobogán.

Luego tipo cucaracha patas arriba, la croqueta, la empanizada.

Todas las revolcadas.
Unas treinta bofetadas.
¡Pero ella estaba ahora verde y risueña!

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Abro los ojos y todo sigue ahí. Reflexión zen…

VIERNES 21 DE JUNIO SOLSTICIO DE VERANO

PRIMER DIA DE RUTINA, CON PUENTE Y COACH

 

Abro los ojos y todo sigue ahí.

Quieto, nada se ha movido.

Quizás el tiempo sí, pero no hay ningún reloj.

Menos mal.

 

Los vuelvo a cerrar, solo está, nuevamente el silencio, y eso no me gusta.

El silencio solamente habla del miedo.

Los muertos son endemoniadamente silenciosos.

Terriblemente silenciosos.

En el silencio de la noche bien entrada en la madrugada, el silencio es sospechoso de prepara emboscadas en cualquier momento.

Si no ¿porqué cualquier ruido, por suave y sedoso que sea, nos pone los pelos de punta?

El silencio es cómplice de cuanta cosa horrible y amoral existe en este mundo.

En silencio se piensan y traman los crímenes más asquerosos de los quese leen en la prensa.

¡Silencio¡ Es lo primero que te dice el ladrón, el secuestrador.

¡Silencio¡

Y jamás he podido vivir en silencio.

No podría.

Mi mente no para.

Mi lengua busca la palabra, cualquiera y habla.

A veces habla sin mí. Desprendida de mi se larga y discursea.

Y lo hace bien. No aburre.

En realidad, soy inteligente.

Sin embargo se me pide silencio.

Silencio para encontrar la esencia de la vida.

El porqué.

El equilibrio parece que solamente está en guardar silencio.

Así que vivo montada al borde de un largo, inmenso puente colgante, casi infinito, en el que ni siquiera sé, si hay abajo.

Sé que arriba, hay. Hay estrellas, ellas muestran el silencio. Lo puedo ver. Igual que la luna.

Por eso de noche debo salir y buscar espacios enormes como este puente.

Solo aquí puedo ver al silencio y tratar de entenderlo.

Quizás, solo quizás, si lo veo, así, con este sentido de la vista, lo convierto en algo realmente físico, tangible, aprehensible.

 

Quizás entonces las clases de Zen y de meditación tengan algún sentido.

No hay silencio en esas clases.

Hay frufrú de la ropa.

Ahí están todos.

Eso no es silencio. No para mí. Estamos quietos y callados. Pero el corazón late.

Lo sé.

No hay duda.

La luna si es silencio.

Las estrellas si son silencio.

Aquí en el puente. Estoy en silencio.

Mi lengua que parece que ni está. Mi boca está cerrada, perpleja por su ausencia.

Aquí subida no sé si hay abajo.

Pero estoy segura de que durante el tiempo que tarde en llegar abajo, habrá solo silencio lleno de terror, pánico total lleno de silencio.

Silencio para regresar al centro, al equilibrio perfecto. Zen, yin y yan.

El nirvana.

El silencio de los muertos, pero vivo, sintiendo de verdad.

Solamente falta soltarse.

Cierro los ojos, ahí está mi silencio.

Quieto. Nada se mueve.

Quizás el tiempo sí, pero no hay reloj.

Menos mal.

Me suelto.

 

 

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LOS CRUJIDOS DE LOS MUEBLES

 

SOLSTICIO DE VERANO 26 DE JUNIO SEXTO DÍA DE RUTINA

CON LOS CRUJIDOS DE LOS MUEBLES Y COACH

 

Los crujidos de los muebles cuando están dormidos son los que a veces me despiertan suavemente.

Ellos crujen, se acomodan, lo hacen quizá para quitarse de encima el polvo y el tiempo.

Porque, eso sí, los muebles viejos crujen.

¿O no?

No lo sé, aquí hay muebles antiguos, pesados y grandes.

Llenos de cajones y puertas.

De espejos

Espejos que han visto gestos, caras, vestidos, cuerpos.

Los crujidos a veces me amenazan, o no; quizás los muebles al crujir remuerden la conciencia, por eso creo que me amenazan. No sé.

Ellos crujen, y en ese momento recuerdo aquello que quiero olvidar y entonces se convierten en una amenaza, aunque sé que ellos no son los que me amenazan, pero prefiero pensar que sí, que su crujido me recuerda, y yo pretendo olvidar.

Otras veces ese sonido es dulce y esperanzador; me recuerda que estoy vivo, que puedo escuchar hasta ese pequeño sonido, me dice que soy tan especial, que hasta a ellos los escucho, y entonces me lleno de alegría y ese día el gozo es grande; siento que puedo salir de esta oscuridad, de este encierro.

Los crujidos de los muebles dormidos a veces me invitan a vagar en la oscuridad, pasillo y salones quietos, cortinas y alfombras llenas de sombras, perdidos color y forma parece que me siguen de acá para allá.

Voy dejando mis huellas en cada paso; es como si me deslastrase del peso de cada día, en cada paso dejo peso, paso, peso, paso, peso.

Y el crujido de ellos va conmigo tocando teclas, ora de aleluya, ora de miedo, ora de remordimiento roedor y severo, ora de alegría y luces.

A veces se llena todo de miedo, puedo jurarlo, a veces no son ni míos, algunos me parecen hasta infantiles, cosas de ogros o de pesadillas, y a pesar de que ni los reconozco me lleno de pavor y no lo sacudírmelos y regresa el peso a cada paso.

Los crujidos a veces me los tengo que inventar porque la luna llena tiene los ruidos despiertos toda la noche, y  a mi también, pero no hay problema, puedo reproducir en mi corazón cada sonido, y además se lo pongo a éste o aquél, como si cada mueble tuviera su sonido, que yo sé que no, pero me lo invento y entonces el peso cede, y los pensamientos abandonan su intensidad.

No es que tenga insomnio, nada de eso, es que a veces, a fuerza de estar solo, olvido cortinas y puertas, y es de día, y ya dormí y ya soñé, y en el silencio de la casa, los escucho, aun duermen y juego a la noche, sobro todo los domingos que no salgo, y todo está más quieto.

Los crujidos de los muebles cuando duermen son como una clave, a veces como una pista, algo así como la pieza exacta del rompecabezas, ola palabra justa del crucigrama o la respuesta a la pregunta que se quedó colgando ayer entre mi casa y la de ellos.

Los crujidos de los muebles cuando duermen dicen la hora exacta de resolver, de hacer las cosas, hacen algo así como el trabajo de los relojes. Pero más suave, más discreto, no te persiguen como el tic tac, o el tic tic tic,  o las campanas de mentira en las iglesias.

Estoy seguro de que el crujido de los muebles al dormir le gusta más a Dios que las campanadas eléctricas, claro, cuando tiene tiempo para escuchar campanadas.

A veces, cuando los muebles crujen al dormir me pregunto si en realidad la historia de dios es real, y entonces sucede que los crujidos me recuerdan al niño de mi niñez, al mocoso que todo lo podía.

Ese niño hablaba con Dios en un diálogo constante e intenso.

Llegué a en ser cura, pensando que Dios me había elegido para trabajar para él, en exclusividad, y hablé con el cura para saber como era el asunto, y entonces me dijo que Dios me hablaba porque yo lo conocía, que Dios andaba conmigo, que Dios en definitiva siempre estaba conmigo.

El cura se fue del pueblo. No puedo preguntarle más.

En algún momento Dios se me quedó enredado en alguna esquina, en algún problema mío o de otros y ahí se quedó porque cuando hablo y hablo y hablo con Él, nadie responde, nada me dice que Él me escucha.

Cuando los muebles crujen, cuando están dormidos, no importa la hora o el momento siento que no estoy tan solo.

Cualquier otro sonido es ruido, porque ese crujido no es ruido, es como el latido de mi corazón, es una confirmación de que aun escucho más allá de mis oídos, más allá de la pesada realidad que a veces me empequeñece.

Quizás si sigo escuchando el crujir de los muebles al dormir, regrese Dios de su larga ausencia y podamos volver a conversar.

 

 

 

 

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Tejo Nanas sin Poesía

SÁBADO 22 DE JUNIO SOLSTICIO DE VERANO
SEGUNDO DIA DE RUTINA, CON NANAS Y COACH

I

Cuando tejo, mi hijo dice que hago un sonido que lo duerme.
Entonces descubro que cuando alguien teje, al mismo tiempo hace nanas.
Por eso tejen las abuelas.
Las de antes.
Porque a ellas, siempre se les iba un hijo, y tejiendo, hacían nanas que volando llevaran buen sueño a sus hijos.

Sin saberlo claro, ellas no sabían, ellas añoraban y lloraban entre puntos y pasadas
.
Mi padre, siempre cuenta, que su madre le contaba, las mejores historias mientras él la ayudaba a hacer madejas, y puede contármelas casi todas.
Las tiene grabadas punto por punto.
Conoce cada entramado y ha visto cada suéter, cada manga.
Vio la trama surgir y escuchó las nanas de su mama.
Él (creo yo) no sabe que son nanas, pero sonríe, niño-anciano, por eso yo sé.
Y por esas historias y madejas mi padre es poeta.

II

Mientras escribo, suena Adele en las cornetas, y aunque no la escuche, la oigo como una envoltura, una especie de transparencia que se mueve con el aire y va por las ventanas y mueve las cortinas.
Ella anda en lo suyo, y yo escribo sobre las nanas que hace el tejido, ella tejió con notas y alma lo que ahora suena, y lo hizo sabiendo lo que estaba haciendo.

Como el tejedor: él sabe lo que está tejiendo, y como va a terminar su obra.
El que lo mira no.

El tejedor une puntos y nudos y compone a su ritmo una nana.
Única.

Adele canta lo que tejió y se entreteje con la trama del tejido de mis palabras.
Todo se está uniendo, es como hacer de Bach. De partitura, de piano.

III

Voy sacando palabras y las anudo y enlazo, las tejo mientras Adele va cantando y tejiendo con la guitarra con su voz y sus hilos y uniéndose a la aguja de mi tejido.
Hacemos nanas para el niño hombre que vuelve aunque se vaya.
Eso no lo sabían mis abuelas. Ellas tejían sin Adele, y sin hijo.

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LAS CALLES QUE SE VAN Y NO VUELVEN

JUNIO 23 SOLSTICIO DE VERANO
TERCER DIA DE RUTINA, CON CALLES QUE SE VAN Y NO VUELVEN
Y COACH

Hay calles que se van y después no regresan. En serio.

Al menos a mi me pasa.
Recorro una calle buscando algo, una tienda, una casa, una dirección y luego un tiempo después cuando quiero regresar a esa calle, ya no está.
De hecho, creo que puedo regresar a mi casa, porque he recorrido tantas veces mi calle que no se puede ir así sin más.
O sea, creo que si en algún momento la calle, como las otras, pretendiera desaparecer, pues no podría, porque justo yo voy a pasar por ella.
La uso con frecuencia, así que no puede irse sin más. Quedaría una clara evidencia y eso debe pasar también con las calles de otras personas que obviamente no se van porque por ahí pasan una y otra vez.

Me explico.
A ver si puedo realmente ponerte en mi lugar.

Te lo pongo de la siguiente forma: tengo que llevar un documento a una Oficina Oficial, ponte tu, a la oficina de impuestos, esa calle en la que esta la oficina, no puede irse. No puedo por la sencilla razón de que por esa calle, pasan muchas veces las mismas personas. Se darían cuenta y sería un verdadero caos.
¿Entiendes?
Ahora vamos al pueblo de Fos, es un pueblo con varias calles, pasaba vacaciones allí, era famoso porque decían que allí habían vivido las guerreras amazonas.
Bueno, pues en Fos, descubrí lo de las calles. Que se van y no vuelven.

Íbamos todos los otoños, cuando solamente estaban los que allí vivían todo el año y nosotros.
Alquilábamos una casa enorme, era una especie de loft campesino, un gran establo convertido en casa de un solo gran ambiente.
Olía a eucaliptos con vaca.
Qumábamos ramas de eucaliptos para tratar de borrar los montones de años en los que el lugar había sido el establo de todas las vacas del pueblo.

Teníamos bicicletas y tablas de madera para rodar por las lomas suaves y aterciopeladas.
Pero a mi lo que me gustaba era montar en la bicicleta y lanzarme calle abajo, revolviendo las hojas, veloz y encantada, dejando que el viento me helara las orejas y me hiciera llorar.

Y oler el otoño intensamente. Una combinación de hojas con pan de costra dura y chocolate de canela con jabón de Marsella y ropa limpia con borregos y trigo.

Pues como te decía, allí en Fos, cuando se acababa el paseo en bicicleta y decidía regresar, no había calle.
No quedaba rastro de ella. Nada.
Las hojas que acababa de desordenar no estaban. Solamente había pasto, o bosque.
A veces hasta pequeñas líneas de riego con sembradíos.
Claro que mi papá me decía que era el despiste.
Que no te vayas lejos nena porque te vas a perder de verdad.
Que no papá, que las calles se van y no regresan.
Mi hermano me miraba y simplemente me miraba con los ojos torcidos y decía tu estás loca hermanita.

Entonces me volví “sistemática”
O sea inventé un sistema para comprobar que era cierto.
Compre varios metros de cinta amarilla de raso y la corté en pedazos que pudiera dejar aquí y allá. Tipo lo de las migas de Hansel y Gretel.
De hecho de ahí salió la idea. Nada original, pero podría resultar efectiva.
Puse mis cintas en la cesta de la bici, salí por la puerta y tomé el camino que llevaba directamente a la plaza del pueblo.
Haría lo que más me gustaba, sin pensar en lo que podría pasar, pero por el camino iba contando: tic tac tic tac uno, tic tac tic tac dos, tic tac tic tac tres, y cuando llegaba a veinticinco paraba la bici y buscaba un poste, un árbol una planta grande y amarraba bien fuerte un buen lazo amarillo y seguía lanzada y contando tics tacs veinticinco, cinta amarrada, tic tac lazo amarillo.
Llegué a la plaza, entré a la panadería, compré una palmera con un pedazo de chocolate, para reponer las fuerzas y pedirle al señor Domingo pan viejo para las palomas.
Listo, a merendar a media mañana.
No quedaba ningún lazo.
Pero no pensaría en la calle.
Ni en esa ni en ninguna. Quizás si pensaba no se iría y necesitaba que se fuera para comprobar que las calles se van y no vuelven.
Mediodía, hora de regresar a comer.
Tomo aire, en serio traté de tener la mente en blanco pero tenía miedo de que no pasara nada,
Pero pasó.
No había calle, ni lazos amarillos. Esta vez había un campo inmenso de trigo con amapolas.
Y un enorme caballo con un hombre llevándolo a través del campo.
Decidí meterme entre el trigo con todo y bici a riesgo de que me armara un lio por atravesar el campo.
Y llegué sin aliento.

…que haces niña loca, no debes atravesar así el trigo. No está bien. Que haces. Porque lo has hecho.

Aquí había una calle a las ocho.
Yo pasé y até lazos amarillos.
La calle ahora no está.
No, ahora está el campo, quizás hubo una calle, pero igual no debes atravesar el trigo.

Pero,¿ y la calle a dónde se fue?

Qué me dices, las calles no se van a ningún sitio, las mueven.
¿Quien las mueve?

Pero,¿ qué eres tú, eres tonta?

Las calles las hacemos la gente y si hace falta se cambian y se hacen otras.
No señor, no, que aquí había una calle a las ocho de la mañana, la llené de lazos amarillos.

El hombre me miró un par de veces y siguió su camino, volteó dos o tres veces más a mirarme y se alejó.
Busqué mis cintas, busqué el camino y tuve que encontrar otro que me llevó a la casa.
Pero no era el mismo.
Claro que allí era un pueblo y se podía poner lazos, pero es que en estos tiempos, me ha pasado lo mismo en un viaje a Brujas.
Es tan bonito Brujas. Hacía mucho frío y llovía, así que Brujas era casi completamente mío.
Sus caminos de agua y sus calles estrechas bonitas, las deliciosas ventanas.
Pedí una bicicleta en la posada y aprovechando la soledad y muchos metros de encaje que compré, decidí salir y llenar alguna calle de lazos amarillos, bueno no, de encajes, pero entiéndeme, como los lazos del sistema.

Y escogí la calle principal, la que acaba en la plaza, la que no tiene posibilidad de irse porque es “La Calle” asi, con comillas y mayúsculas.

Comencé a contar tic tac uno, tic tac dos, tic tac tres y ataba encajes aquí y allá.

En vez de panadería, café hermoso, pedí chocolate y waffle con fresas y crema.
Mi mente en mi boca, saboreando la delicia y pasando el frio y la humedad.
Tanto, que casi se me olvida que debía regresar y comprobar si la calle se había ido.
Y si, claro al salir y tomar hacía la calle, había una casa estrecha, de tres pisos con ventanitas adornadas con cortinas de encaje y lazos amarillos.

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