MENSAJE EN UNA BOTELLA

Querida, queridísima Tere:

Si este mensaje llegó a tus manos, ya sabes que cuando me fui, estaba vivo y en plenas capacidades, aunque tú lo dudes. Te dejé, me robé el velero de tu hermano y claro, ya sabes que vacié la cuenta para “el futuro”

Me fui solo, dudo que sea por mucho tiempo.

Deseo que se te pasen pronto las “emociones encontradas” nuevas que mi huida, te debe haber provocado.

Brindo por ti, chin, chin, querida Teresa.

Eso ponía en la carta que encontró Manuel en la playa, pero él no lo sabía.

Yo tampoco sabía mucho de la carta o de la botella en la que venía, pero como veo que tienes curiosidad por esta historia, pues me he puesto a preguntar por aquí y por allá, como un ejercicio de investigación.

Como no soy muy ordenada he ido escribiendo lo que me han ido contando.

A saber que es cierto y que no.

Autor: Claudia Chacón

Autor: Claudia Chacón

Tómalo con pinzas, porque ya se sabe, que cuando en los pueblos suceden estas cosas inusuales, rápidamente las lenguas y las mentes se lían en tejer palabras que adornen y detallen. Es como un concurso, algo así como:

A ver quién cuenta la historia de la manera más preciosa.
Al final lo que importa es pasárselo bien.
O, como en tu caso, saciar la curiosidad.

Tere. Estoy recolectando verdades y chismes, pero puedo adelantarte que cuando le dieron la botella, que estaba bastante estropeada, aun se leía su nombre y apellido. El que se la entregó, emocionado, claro, por todo lo que significa haberse tropezado con una botella del Moët, lacrada, imagínate, ¡lacrada¡ y con una etiqueta desvaída, en la que aún se podía leer:

Para Teresita Aizpurúa Méndez, mi amada esposa.

Su dirección…

Quien encontró la botella, un muchacho, sintió que aquello tenía todos los síntomas de romance, libro, películas, canciones, todo.

Tuvo casi, casi, la tentación de limpiarla, buen no, más bien frotarla, ya sabes, el genio, los tres deseos.

Pero decidió que prefería entregarla en persona a la tal Teresita, que aquello tenía que ser una verdadera historia de esas que no le pasan a todo el mundo.

Hasta evitó comentarlo. Era un secreto entre el escritor de aquel papelito que se veía adentro y él, pero claro cuando regresó de la playa ya estaba todo el mundo despierto y él iba por ahí con una botella roñosa de champaña, y había que preguntarle que para qué la quería, y al final, todos supieron de la botella.

Solamente una persona recordaba a una tal Tere que había pasado unas vacaciones en la villa, una joven seria y pálida que paseaba y leía libros, y que a veces andaba con un muchacho rubio que era todo sonrisas y que le caía bien a todo el mundo, pero nunca le sacaron nada personal, solo sonreía, saludaba y paseaba.

A pesar de la poca información sobre Teresita o Tere, nuestro muchacho decidió ir hasta la dirección que había en la botella, a pesar de que quedaba casi a tres días de camino.

En fin, llegó a la dirección.

Tocó el timbre, que no se oyó. Así que lo tocó otra vez. Ladridos. Malo eso. Los perros siempre interrumpen.

Se abre la puerta, y lo miran mal, él le dice que viene a traerle una botella a Teresita.

Y bueno, parece que empezar por decir lo de la botella fue un mal principio.

La muchacha que le abrió dijo que esperara y le cerró la puerta.

Se volvió a abrir: soy Tere. ¿Quién eres tú? ¿Por qué has preguntado por Teresita?

Ni buenos días, ni emoción. Aquella mujer era aburrida, no era fea, no, era aburrida.

Monocromática.

Decidió no contestarle nada, estaba decepcionado. El esperaba otra cosa

¿Qué esperaba?

Qué se yo, pero no esta mujer. ¿Cómo va a recibir algo así, alguien así?

Pero, en fin, el había venido hasta aquí a entregar la botella, lo demás era parte de su imaginación y ya se sabe que la imaginación es tan exagerada.

Así que sacó con mucho cuidado la botella de la bolsa en la que la llevaba y se la dio diciéndole:

Buenos días, soy Manuel, la llamo Teresita, porque así pone en esta etiqueta de esta botella que  estaba en la playa, no la he abierto, y he recorrido un camino tres días, casi sin parar para traérsela ¿sabe?

Pero a Tere parece que le dio asco el asunto, así que el muchacho, estaba totalmente decepcionado. Le repitió que era para ella. Estuvo tentado de marcharse con la botella, al fin y al cabo, la tal Teresita no tenía interés en la botella y él si quería abrirla

El le dijo que ella debía tomar la botella y por último si no la quería decírselo a él abiertamente.

Tere lo miró, con una cara de realmente no entender por qué ella debía tomar semejante decisión.

Así que ya sabemos que él la mandó. Así que al menos salió vivo de aquí.

Ya tenemos algo más.

Pero ¿esta mujer no tiene curiosidad? esta mujer desapasionada o tonta ¿no piensa abrir la botella?

Y ¿por qué se toma tantas molestias alguien por una mujer así?

Mandar al mar una botella con un mensaje es algo original, pero que además te llegue a tus manos es magia, pura magia.

Disculpe señora pero no sé cómo hace para no arrancarme la botella de las manos y abrirla. Ni siquiera sé cómo he hecho yo, para no abrirla.

Tere lo miró, pero creo que no lo veía.

Lleva perdido más de dos años. Se llevó una cuenta de ahorros de los dos y dejó aquí absolutamente todas sus cosas. Toda su vida. Toda, toda.

Decía cada palabra con desazón, con verdadero dolor, él había dejado toda su vida atrás, principalmente a ella.

Se fue, sin más, imagínese usted, un día se levanta y en la cama no está su esposo, ni en el baño, ni en el patio.

Está el carro.

Las llaves. La cartera. El teléfono. Toda su ropa, el cepillo de dientes. Todo.

¿Imagíneselo por favor?

La dejan a una y le dejan todo. ¿Cómo saber que no está por ahí muerto?

Hasta los zapatos dejó.

Se fue en zapatillas, las de ir por la casa.

Y como se fue sin zapatos, estúpida de mí, por mucho tiempo pensé:

No Tere no se ha muerto. Mire usted si esto no es una estupidez, pero era ver los zapatos y sentir que estaba vivo…

Todo, lo dejó todo.

Claro que pronto me llegó un mensaje al teléfono con el retiro de la cuenta, secuestro pensé, pero no, tampoco, porque ¿de dónde lo iban a secuestrar? Iba sin zapatos, en pijama, ¿de la casa? No, siempre dormíamos juntos.

Desayunó, en serio, preparó café, me dejó, como siempre, la mesa puesta para el desayuno. Y el diario al lado. Y se fue y dejó todo.

¿Entonces? ¿Abro la botella? ¿Me dirá que está perdido, secuestrado por piratas?

Quizás se lo llevaron con el velero de mi hermano que desapareció en esos días.

Entonces estará sufriendo, y ¿qué puedo hacer?

El muchacho menos decepcionado y más misericordioso pregunto:

Y la policía ¿no la ha llamado?

Fuí, pero no me hicieron mucho caso.

No me hacen caso en general.Nadie.  Me dicen que se habrá ido, como tantos otros esposos, y me miran con la misma cara que tú.

¿Yo?

Me sentí mal por haberla pensado monocromática, aburrida.

Entonces ahora aparece usted, con una botella, con su letra en la etiqueta y quiere que me la quede.

¿Qué hago? ¿La pongo entre sus cosas?

¿Aún las guarda?

¿Por qué no? Tiene todos sus zapatos.

Entonces, dígame, ¿qué hago con la botella?

¿Se imagina que la abro y se ha ido? y lo dice.

O sea: Teresita, me fuí.

O, Teresita, me harté de tus emociones encontradas y tus pensamientos brumosos.

O, hasta nunca, ya no te amo, se me acabo la provisión de amor. Voy a ver dónde encuentro más y cuando la tenga quizás regrese.

O peor, podría decir, fuiste lo mejor, pero ahora amo a otra.

No, eso no lo diría así, no, él usaría otras palabras, como: te he querido desde siempre y por este amor, he vaciado la cuenta del futuro, para esperarte allá, dentro de unos años.

Y está por ahí, en nuestro futuro, esperándome.

Entonces debe abrir la botella, quizás le envíe la dirección de dónde está.

No, esa botella solo lleva una dirección la mía. Fíjese que después de este tiempo sabe que estoy aquí. Sabe que no me he movido ¿que no lo espero? ¿Para qué mas direcciones?

Eso no lo sabe nadie.

Se le perdió la vista en el infinito y ella misma se contestó

¿O sí?

Se quedó pensativa.

Miró nuevamente al muchacho, le dió las gracias y le cerró a puerta.

María Dolores Solé Julio 16, día del Carmen

Dibujo a creyón de Claudia Chacón.

Visítala en: atodocreyon2.blogspot.com

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LA TAZA DE LOS IMPOSIBLES

En realidad aún no sé por qué entré a aquella exhibición de escultura.
Pasé por delante de una calle estrecha, era mediodía, había unas mesitas en un lado, olía bien, así que entré por el olor a comida casera y la atractiva posibilidad de comer en un lugar sombreado y silencioso.
Y así fue, tal cual.

Las sillas de mimbre viejo, suaves y gastadas, limpias, muy limpias; manteles impecables, blancos y servilletas de tela.
Flores naturales, pequeñas violetas, en pequeños maceteros, ceniceros de porcelana con el nombre del local, y una camarera de largo delantal, sonriente, que cuando se paró al frente de la mesa me saludó de tal forma, que le tuve que preguntar si me conocía.

No me acuerdo de que forma o cómo lo dijo, solamente me quedó la sensación de ser una clienta de siempre.
Todo esto me gustó. Mucho.

La carta era más bien corta, pero no era temporada, así que pedí los ñoquis con mantequilla y sin queso.

Estaba aún en la etapa de considerar lácteos los quesos y la leche pero no el yogurt o la mantequilla, es como cuando un pintor anda en su época verde o realista.

Bien, pues la amable camarera me atendió divinamente hasta el café.
Justo hasta ese momento había sido perfecta. Casi de manual.
Pero junto con el café, la pequeña pastita y el terrón de azúcar envuelto en papelitos verdes, trajo un pequeño volante, y me dijo: disculpe que me atreva a invitarla a esta presentación escultórica, estamos apoyando a la galería de al lado y quizás le interese conocerla y ver la nueva exposición de dos escultoras…

No escuché más.
No solamente tenía problemas con los lácteos, eso era la punta del iceberg.
No saber bien qué venía o no de la vaca, solo formaba parte de un inmenso todo que aún no tenía forma.

Haber llegado a aquel confortable restaurante había sido encontrar una isla en ese mundo, una isla perfecta, hasta la escultura.
Hubiera podido comer, tomar café y hasta fumar virtualmente, hasta un brandy y un puro hubieran encajado perfectamente. Pero un volante de una galería y una camarera hablando de esculturas, no.

*******
Galería llamaba mi tía a su balcón trasero, al lado de la cocina, donde tenía la basura y el canario. Donde daban el resto de galerías del resto de sus vecinos, no tenían privacidad, ni la querían. ¿Para qué? Lo sabían todo de todos. Y lo que no se sabía se inventaba y normalmente, esa versión era la que se sostenía sin variaciones.

Si llegaba a variar, se le buscaba la vuelta al invento, pero jamás, jamas, se torcía la versión.

********

Y allí estaba la camarera ofreciéndome una galería.
Pero ella entró en mi mundo desenfocado y difuso, porque yo le di permiso, así que tomé el papel y sonreí. Ya sabía que ahora entraría en la galería y si lograba no perderme, esperaba al menos saber regresar al punto de partida, que en este momento, tampoco tenía muy claro.

Esa intromisión, tan simple, tan delgada como el papel y tan vacía como las palabras que ya se habían ido lejos, a mí, me habían desbarajustado el mapa. El GPS que intentaba mantenerse “en forma” a pesar de mis descalabros y pérdidas de nociones de espacio y definiciones.

Y de malditos vacíos.
Quiero aclarar que no estaba loca. No. Es solamente un momento. Una época, aunque época, puede sonar  grande, esto era más sencillo, más doméstico, era más del tipo de: “algo que empieza en mí y termina en yo, y que no logro definir”
Depresión, miedos, bloqueos, frustración,… algo de todo esto, o nada de esto…

Pero déjenme regresar al restaurante, la cuenta y el volante publicitario de las esculturas.
Decía que Elizabeth y Elizabeth, se presentaban en primicia mundial, con 25 maquetas de expresión profundamente personal, una, contestataria, que reflejaba en las obras su dolor por la crisis y la otra, en una introspección profunda de la visualización de la pena que veía a su alrededor.
Puro veneno concentrado pensé, y lo dije en voz alta.

No, como dice eso, no, esa es su manera de exponerse, la de ellas, pero una vez ve y toca la obra usted seguro le dará otro tono, ¿me explico?

Dios, cielos, joder, esta mujer entra en mi cabeza y con tanto vacío como hay se aprovecha (inocentemente) y lo está llenando de tonos y toques.
Es escultura, es música, no me importa. Para que se calle, pongo un billete en la mesa, tomo el volante y me voy directo hacía la galería.
Logro conectar mi GPS y ruego porque esté cerrada, es mediodía, la gente debe comer. No estará abierto. Pero no es mediodía, porque yo haya comido, no significa que sea mediodía. Es la hora que es, la que sea y está abierta. La galería de arte está abierta, afuera estaba el afiche promocionando la exposición.
Y creo que por lo que vi en el afiche, pude permitir que dejara de importunarme el temor a que aquella novedad, llenara alguno de mis vacíos y después doliera o quedara enganchado en forma de obsesiva imagen repetitiva.
Abrí las puertas, de madera y cristales de colores, el suelo antiguo y desgastado, todos los detalles entraban en mi ocupando espacios.

Me iba a quedar atascada en aquel pasillo, estaba forrado hasta la mitad por cerámicas de volutas y círculos verdes y morados, dorados y azules, combinando perfectamente con el suelo brillante por la cera y el pulido, antiguo y desgastado por los pasos.

¡Dios, había tanto para ver y llenar vacíos!

¿Cómo sigo adelante?
Menos mal, se abren las puertas y dos chicos jóvenes, entran y su sola presencia me empuja hacia adentro, me sacan de la parálisis y ahí estoy.

Luces bonitas, una iluminación íntima pero no mucho, pedestales a alturas cómodas, se puede caminar sin tropiezos, y voy sintiendo una sensación de confort, como de sábanas limpias, nada que temer.
Hay piezas que se complementan, como toboganes y escondites para pequeños enanos.
Una cueva con ondas y surcos, que se me antoja un escondite para pensar.
Piezas encerradas en sí mismas mostrando turquesas que recuerdan al mar.
Un huevo morado, el huevo que está en el afiche y el volante, con una enorme A.
La rodeo y dice: inocencia

INOCENCIA

 

Y voy sintiendo que estar ahí, a pesar de que no quería, estaba bien.
Mi GPS interno me decía que todo estaba bien, que podía ver aquello sin temor.
Eran imágenes imaginadas y hechas realidad y en eso solamente había horas, manos, luz, colores, mente, corazón, nada perturbador.

Claro que solamente tendría que estar segura de que mis vacíos – malditos y dolorosos vacíos – no se cargaran con alguna de aquellas imágenes imaginadas y se volvieran obsesivas.
Pero ya estaba encantada con las piezas que se  reconcentraban en ellas, piezas en las que aquellas dos Elizabeth se habían enrollado el alma y luego parecía que habían querido desenrollarlas y aquel era el resultado.

Una pieza de extraña forma, tuvo que declararme su título para saber que era una tortuga, una caparazón viva y llena de vida que había perdido su carne. Una verdadera burla a los comedores de exquisiteces. Allí estaba ella, toda caparazón y cara, toda ella mirando al sol, retadora y valiente.

Y cuando empezaba a decidir que había cumplido con la camarera y había pasado la prueba de entrar vacía y apenas llevarme en mis recuerdos el huevo de la Inocencia, justo en ese momento, un pedestal, un asa.

Digamos que lo primero que vi fue un asa, pero estaba mal puesta.
El asa estaba en una posición que no la hacía útil. Pero era un asa.
El asa de una taza. Y la taza.
El asa sirve para tomar, asir, agarrar, la taza que tiene adentro el contenido tan delicioso o mortal, tan caliente o tan frio, chocolate, manzanilla, tilo, café, licor escondido en el café, caldo regenerador. Un asa. Una taza.

TAZA DE OS IMPOSIBLES 1

No recuerdo como se llamaba la pieza. O no quise saberlo.

Estaba en un pedestal.
Puesta como si representara otra cosa, la que sea que cualquiera de las Elizabeth hubiera decidido.
Así como la ven en la imagen, así la vi, desde arriba, enredada sobre si misma, ya las otras piezas me habían hablado de lo mismo, en revueltas y laberintos anímicos.
Pero esta pieza, se unía transparente, abierta en sus enredos, sin posibilidad de trampas, con entrada y salida franca, casi incolora, podría llegar a amalgamarse en unas manos morenas y desaparecer.
Pero para que eso se cumpliera, necesitaba que la pieza estuviera bien puesta, bien colocada,

.
Y ahí estaba la obsesión del maldito vacío tratando de colarse en mi GPS, debía poder poner la pieza como realmente necesitaba yo que estuviera, para contener en ella lo que se me desbordaba a mí.
*******

Desbordar es una palabra a la que nunca le di importancia hasta que aparecieron los malditos vacíos, sonaba a que había mucha gente en la calle, a catástrofe de aguas entrando y saliendo, sin orden ni concierto, haciendo daño, haciéndose noticia.
Pero ahora “desbordar” era siniestra. Justo cuando lograba enhebrar la aguja y bordar a duras penas algunas memorias y anhelos junto con risas y alegrías, tratando de llenar los vacíos de la casi locura de meses antes, algo venía fortuito y violento y deshacía el bordado, lo “desbordaba” Todo quedaba en blanco, o en azul o en el color que quieran, todo quedaba en nada.

*******
Y entonces apareció una Elizabeth, pelo rojo y enormes ojos de binoculares y escrutadores. Movió las manos y algo me dijo, pero con las manos hizo más que con la boca y entendí que podía tomar la pieza.
Quizás ella decía tocar y sus manos decían mover, como mariposas, su boca decía palpar y sentir, sus manos recorrer y reordenar.
Sus manos al fin se recogieron y esperó.
No quedó más remedio que tomar la pieza y ponerla como iba, como va.
Como un acto sagrado para mí.
La pieza se hizo taza y el asa tuvo razones.

TAZA DE LOS IMPOSIBLES 2

 

Y en ella cupo cada maldito vacío, y separándose en cada rincón de la pieza, cada maldición se fue separando de cada vacío y se fue llenando de posibles razones, de pocas importancias, de muchísimo espacio, de voces, de notas emotivas y pianos apasionados.
Ningún encanto, ningún desencanto, todas las realidades de cada nada estaban ahí, y aquella bendita pieza se agrandó mil veces, envolvió las brumas, las sopló, envolvió cada estúpida razón oscura, y las escondió ahí adentro, quién sabe dónde las contuvo o las desarmó, o las desbordó convirtiéndolas en hilos de colores capaces de bordarse nuevamente.
Nunca sabré como dar las gracias, porque darlas circunscribe tanta emoción a un espacio de tan pocas letras.

Gracias.

Aquella Elizabeth, la que fuera, la de las manos de mariposa, la roja o la otra, la de las turquesas, cualquiera de las dos, desde adentro deshizo entuertos dolorosos y malditos, acomodó vacíos para que ahora quepan estrellas de esperanza y de futuros más inciertos y por tanto, más perfectos.

Un asa en su taza. O una curva en su pieza. Lo que ella quiera.

Yo, egoísta, en esta nueva vida llena de magnifica incertidumbre, me agarro, me engancho sin temor en mi taza de los imposibles, sabiendo que puede contener, de contenido.
Puede transformarse y desbordarse.
Una pócima de barro. Unas manos meticulosas y rebeldes buscaban allá adentro quién sabe qué, y acá afuera, sanaron, tocaron, sonaron y desbordaron.

Maria Dolores Solé

1° de Junio del 2014

Leyenda del Afiche de la presentación de las obras:

Elizabeth & Elizabeth
Introspecciones Fusiones Miradas
Un viaje entre el interior de la fuerza de la rebeldía y el interior profundo de un alma en contemplación

 

 

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LA NIÑA VERDE CON BOFETADA

Almira, empeñada como siempre en tener la razón, vistió a la niña con aquel horrendo vestido amarillo.
Le quedaba corto y se notaba que no era la talla correcta.
Y el color, ¡el color! El tío Marce lo llamada color hepático, y el abuelo rosado paella.
Así sería, para que dos hombres, más bien serios y poco detallistas, hubieran encontrado semejantes nombres a aquel amarillo deslucido.
Prudencia, que así se llama la niña, invento de la misma Almira, claro, decidió que era lo conveniente para la cita de la niña con su nueva escuela de señoritas.
Prudencia, escuchaba y callaba, siempre lo hacia. Era preferible eso que recibir las bofetadas histéricas de su madre.
Acepta y calla, se era el lema, claro que podía pasarse mil horas imaginando como asesinaría a su madre, o como su madre moría aplastada por una pared de la construcción de al lado. Y sonreía. Pasaría.
Totalmente convencida.
Pero hoy, un día más que importante, aun no había pasado. Y ella estaba a punto de llegar al nuevo colegio vestida como un espárrago seco.
Con todo aplastado y dos trenzas con lazos hechos, como no, con el bajo del vestido.

Sentada en el porche de la salida de la casa, se miraba en el espejo del paragüero.
No hay salida. Si de aquí allá no choca y se mata, o le da un ataque, o una araña venenosa entra en el auto y la pica dejándola quieta y dura,  si nada pasa, hoy será un día muy difícil.

Salió la madre, pletórica, le dijo:  Señorita vamos a inscribirla en la que será , su nueva vida. Vamos!

Y ahí estaba, rodeada de glamorosas o esmirriadas niñas, pero ningún espárrago como ella.

La directora pidió a la niña pasear por el inmenso jardín mientras se hacían los trámites de inscripción.
Prudencia, se sentó en una banca lejos de las demás.
Se sacó un lazo, deshizo una trenza.
Luego la otra.
Un zapato fuera. El otro.
Se sentía bien. Pero vendrían bofetadas.
De pronto recordó “las manchas imposibles”
Las de la tele.
La camisa blanca “perdida por las manchas de hierba”
Y pensó en las bofetadas.
Ya las tengo ganadas, no sé hacer trenzas.
Y entonces se sentó en la hierba, se arrastró un poquito, se volteó, miró su falda, decidió arrastrarse un poco mas, tipo tobogán.

Luego tipo cucaracha patas arriba, la croqueta, la empanizada.

Todas las revolcadas.
Unas treinta bofetadas.
¡Pero ella estaba ahora verde y risueña!

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Abro los ojos y todo sigue ahí. Reflexión zen…

VIERNES 21 DE JUNIO SOLSTICIO DE VERANO

PRIMER DIA DE RUTINA, CON PUENTE Y COACH

 

Abro los ojos y todo sigue ahí.

Quieto, nada se ha movido.

Quizás el tiempo sí, pero no hay ningún reloj.

Menos mal.

 

Los vuelvo a cerrar, solo está, nuevamente el silencio, y eso no me gusta.

El silencio solamente habla del miedo.

Los muertos son endemoniadamente silenciosos.

Terriblemente silenciosos.

En el silencio de la noche bien entrada en la madrugada, el silencio es sospechoso de prepara emboscadas en cualquier momento.

Si no ¿porqué cualquier ruido, por suave y sedoso que sea, nos pone los pelos de punta?

El silencio es cómplice de cuanta cosa horrible y amoral existe en este mundo.

En silencio se piensan y traman los crímenes más asquerosos de los quese leen en la prensa.

¡Silencio¡ Es lo primero que te dice el ladrón, el secuestrador.

¡Silencio¡

Y jamás he podido vivir en silencio.

No podría.

Mi mente no para.

Mi lengua busca la palabra, cualquiera y habla.

A veces habla sin mí. Desprendida de mi se larga y discursea.

Y lo hace bien. No aburre.

En realidad, soy inteligente.

Sin embargo se me pide silencio.

Silencio para encontrar la esencia de la vida.

El porqué.

El equilibrio parece que solamente está en guardar silencio.

Así que vivo montada al borde de un largo, inmenso puente colgante, casi infinito, en el que ni siquiera sé, si hay abajo.

Sé que arriba, hay. Hay estrellas, ellas muestran el silencio. Lo puedo ver. Igual que la luna.

Por eso de noche debo salir y buscar espacios enormes como este puente.

Solo aquí puedo ver al silencio y tratar de entenderlo.

Quizás, solo quizás, si lo veo, así, con este sentido de la vista, lo convierto en algo realmente físico, tangible, aprehensible.

 

Quizás entonces las clases de Zen y de meditación tengan algún sentido.

No hay silencio en esas clases.

Hay frufrú de la ropa.

Ahí están todos.

Eso no es silencio. No para mí. Estamos quietos y callados. Pero el corazón late.

Lo sé.

No hay duda.

La luna si es silencio.

Las estrellas si son silencio.

Aquí en el puente. Estoy en silencio.

Mi lengua que parece que ni está. Mi boca está cerrada, perpleja por su ausencia.

Aquí subida no sé si hay abajo.

Pero estoy segura de que durante el tiempo que tarde en llegar abajo, habrá solo silencio lleno de terror, pánico total lleno de silencio.

Silencio para regresar al centro, al equilibrio perfecto. Zen, yin y yan.

El nirvana.

El silencio de los muertos, pero vivo, sintiendo de verdad.

Solamente falta soltarse.

Cierro los ojos, ahí está mi silencio.

Quieto. Nada se mueve.

Quizás el tiempo sí, pero no hay reloj.

Menos mal.

Me suelto.

 

 

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LOS CRUJIDOS DE LOS MUEBLES

 

SOLSTICIO DE VERANO 26 DE JUNIO SEXTO DÍA DE RUTINA

CON LOS CRUJIDOS DE LOS MUEBLES Y COACH

 

Los crujidos de los muebles cuando están dormidos son los que a veces me despiertan suavemente.

Ellos crujen, se acomodan, lo hacen quizá para quitarse de encima el polvo y el tiempo.

Porque, eso sí, los muebles viejos crujen.

¿O no?

No lo sé, aquí hay muebles antiguos, pesados y grandes.

Llenos de cajones y puertas.

De espejos

Espejos que han visto gestos, caras, vestidos, cuerpos.

Los crujidos a veces me amenazan, o no; quizás los muebles al crujir remuerden la conciencia, por eso creo que me amenazan. No sé.

Ellos crujen, y en ese momento recuerdo aquello que quiero olvidar y entonces se convierten en una amenaza, aunque sé que ellos no son los que me amenazan, pero prefiero pensar que sí, que su crujido me recuerda, y yo pretendo olvidar.

Otras veces ese sonido es dulce y esperanzador; me recuerda que estoy vivo, que puedo escuchar hasta ese pequeño sonido, me dice que soy tan especial, que hasta a ellos los escucho, y entonces me lleno de alegría y ese día el gozo es grande; siento que puedo salir de esta oscuridad, de este encierro.

Los crujidos de los muebles dormidos a veces me invitan a vagar en la oscuridad, pasillo y salones quietos, cortinas y alfombras llenas de sombras, perdidos color y forma parece que me siguen de acá para allá.

Voy dejando mis huellas en cada paso; es como si me deslastrase del peso de cada día, en cada paso dejo peso, paso, peso, paso, peso.

Y el crujido de ellos va conmigo tocando teclas, ora de aleluya, ora de miedo, ora de remordimiento roedor y severo, ora de alegría y luces.

A veces se llena todo de miedo, puedo jurarlo, a veces no son ni míos, algunos me parecen hasta infantiles, cosas de ogros o de pesadillas, y a pesar de que ni los reconozco me lleno de pavor y no lo sacudírmelos y regresa el peso a cada paso.

Los crujidos a veces me los tengo que inventar porque la luna llena tiene los ruidos despiertos toda la noche, y  a mi también, pero no hay problema, puedo reproducir en mi corazón cada sonido, y además se lo pongo a éste o aquél, como si cada mueble tuviera su sonido, que yo sé que no, pero me lo invento y entonces el peso cede, y los pensamientos abandonan su intensidad.

No es que tenga insomnio, nada de eso, es que a veces, a fuerza de estar solo, olvido cortinas y puertas, y es de día, y ya dormí y ya soñé, y en el silencio de la casa, los escucho, aun duermen y juego a la noche, sobro todo los domingos que no salgo, y todo está más quieto.

Los crujidos de los muebles cuando duermen son como una clave, a veces como una pista, algo así como la pieza exacta del rompecabezas, ola palabra justa del crucigrama o la respuesta a la pregunta que se quedó colgando ayer entre mi casa y la de ellos.

Los crujidos de los muebles cuando duermen dicen la hora exacta de resolver, de hacer las cosas, hacen algo así como el trabajo de los relojes. Pero más suave, más discreto, no te persiguen como el tic tac, o el tic tic tic,  o las campanas de mentira en las iglesias.

Estoy seguro de que el crujido de los muebles al dormir le gusta más a Dios que las campanadas eléctricas, claro, cuando tiene tiempo para escuchar campanadas.

A veces, cuando los muebles crujen al dormir me pregunto si en realidad la historia de dios es real, y entonces sucede que los crujidos me recuerdan al niño de mi niñez, al mocoso que todo lo podía.

Ese niño hablaba con Dios en un diálogo constante e intenso.

Llegué a en ser cura, pensando que Dios me había elegido para trabajar para él, en exclusividad, y hablé con el cura para saber como era el asunto, y entonces me dijo que Dios me hablaba porque yo lo conocía, que Dios andaba conmigo, que Dios en definitiva siempre estaba conmigo.

El cura se fue del pueblo. No puedo preguntarle más.

En algún momento Dios se me quedó enredado en alguna esquina, en algún problema mío o de otros y ahí se quedó porque cuando hablo y hablo y hablo con Él, nadie responde, nada me dice que Él me escucha.

Cuando los muebles crujen, cuando están dormidos, no importa la hora o el momento siento que no estoy tan solo.

Cualquier otro sonido es ruido, porque ese crujido no es ruido, es como el latido de mi corazón, es una confirmación de que aun escucho más allá de mis oídos, más allá de la pesada realidad que a veces me empequeñece.

Quizás si sigo escuchando el crujir de los muebles al dormir, regrese Dios de su larga ausencia y podamos volver a conversar.

 

 

 

 

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Tejo Nanas sin Poesía

SÁBADO 22 DE JUNIO SOLSTICIO DE VERANO
SEGUNDO DIA DE RUTINA, CON NANAS Y COACH

I

Cuando tejo, mi hijo dice que hago un sonido que lo duerme.
Entonces descubro que cuando alguien teje, al mismo tiempo hace nanas.
Por eso tejen las abuelas.
Las de antes.
Porque a ellas, siempre se les iba un hijo, y tejiendo, hacían nanas que volando llevaran buen sueño a sus hijos.

Sin saberlo claro, ellas no sabían, ellas añoraban y lloraban entre puntos y pasadas
.
Mi padre, siempre cuenta, que su madre le contaba, las mejores historias mientras él la ayudaba a hacer madejas, y puede contármelas casi todas.
Las tiene grabadas punto por punto.
Conoce cada entramado y ha visto cada suéter, cada manga.
Vio la trama surgir y escuchó las nanas de su mama.
Él (creo yo) no sabe que son nanas, pero sonríe, niño-anciano, por eso yo sé.
Y por esas historias y madejas mi padre es poeta.

II

Mientras escribo, suena Adele en las cornetas, y aunque no la escuche, la oigo como una envoltura, una especie de transparencia que se mueve con el aire y va por las ventanas y mueve las cortinas.
Ella anda en lo suyo, y yo escribo sobre las nanas que hace el tejido, ella tejió con notas y alma lo que ahora suena, y lo hizo sabiendo lo que estaba haciendo.

Como el tejedor: él sabe lo que está tejiendo, y como va a terminar su obra.
El que lo mira no.

El tejedor une puntos y nudos y compone a su ritmo una nana.
Única.

Adele canta lo que tejió y se entreteje con la trama del tejido de mis palabras.
Todo se está uniendo, es como hacer de Bach. De partitura, de piano.

III

Voy sacando palabras y las anudo y enlazo, las tejo mientras Adele va cantando y tejiendo con la guitarra con su voz y sus hilos y uniéndose a la aguja de mi tejido.
Hacemos nanas para el niño hombre que vuelve aunque se vaya.
Eso no lo sabían mis abuelas. Ellas tejían sin Adele, y sin hijo.

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